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Park Slope Food Coop

9 abril 2021

Cuando uno se convierte en miembro de la cooperativa de consumo de Park Slope sueña con formar parte de la cuadrilla que corta el queso. Esos forzudos mañosos que manejan grandes piezas de parmesano o pecorino en el sótano del establecimiento, con sus devantales de colores y pañuelos en la cabeza, algunos trabajan incluso con sombrero, mientras comparten un par de horas de conversación. Son diseñadores, profesores de yoga, escritores, arquitectos o abogados… todos, socios de la Park Slope Food Coop (PSFC), una inmensa tienda de alimentos y otros productos para el hogar, operada y de propiedad de sus socios, una alternativa a los negocios comerciales con fines de lucro. Solo sus socios pueden comprar en la PSFC y para serlo hay que:

  • Asistir a un par de charlas sobre la filosofía del proyecto.
  • Pagar una fianza de unos 40 euros (reembolsable cuando se abandona la cooperativa).
  • Trabajar 2 horas y 45 minutos en el establecimiento cada cuatro semanas.

La PSFC es la quintaesencia des este tipo de proyectos de tienda cooperativa. Creada en 1973, cuenta actualmente con 17.000 socios. Se trata de:

  • Una amplia superficie (unos 2.000 m2), donde hay tanto productos convencionales como ecológicos.
  • Solamente pueden comprar los socios.
  • Tiene una política de compra responsable, donde es fundamental la cercanía, el impacto ambiental y la calidad de los productos.
  • Como no tiene ánimo de lucro, la cesta de la compra es entre un 20 y un 40% más barata que en cualquier otro establecimiento con productos de calidad similar.

En 2019, la PSFC alcanzó los 55 millones de euros en facturación por ventas.

 

Los socios contribuyen al proyecto con su trabajo, guiados por unos 60 empleados fijos que cuidan que, a pesar de que este engranaje de mano de obra sea amateur, la cooperativa funcione como una reloj. Hay cuadrillas de reponedores de productos, cajeros, cortadores de queso o carne, descargadores de camiones, administrativos para oficinas, limpiadores, e incluso cuidadores para la ludoteca que hay en el piso superior de la cooperativa para que los socios dejen allí a sus hijos mientras compran. También hay socios que “trabajan”, acompañando a compradores hasta el metro o su casa (en un radio determinado de cercanía) para devolver luego el carrito al establecimiento.

“Trabajar juntos genera confianza a través de la cooperación y el trabajo en equipo y nos permite mantener los precios lo más bajos posible dentro del contexto de nuestros valores y principios”, argumentan desde la junta directiva de la PSFC. Solo los miembros pueden comprar y se comparten responsabilidades y beneficios por igual. “Somos un agente de compras para nuestros miembros y no un agente de ventas para ninguna industria”, añaden.


 

La oferta prioriza la diversidad de productos con énfasis en alimentos orgánicos, mínimamente procesados ​​y saludables. Además, el comité de compras busca productores que no dependan de la explotación de terceros y apuesta la agricultura sostenible y no tóxica. La prioridad es comprar a productores locales y ecológicos.

También son prioritarias para la PSFC  la sostenibilidad, la generación mínima de residuos y el reciclaje, con variedad de productos a granel.

Nacida en los últimos coletazos de la Guerra de Vietnam, sus fundadores insisten en que es una cooperativa “acogedora y accesible para todos, que respeta las opiniones, necesidades e inquietudes de cada miembro. Buscamos maximizar la participación en todos los niveles, desde la formulación de políticas hasta el funcionamiento de la tienda”, concluyen. En la asamblea general de socios se debaten temas generales, algunos, que generan debate más allá de las cuatro paredes del establecimiento: en 2012, muchos medios de comunicación se hicieron eco de la tensa votación en que los miembros de Park Slope Food Coop votaron en contra de una moción que habría acercado a la organización a unirse a un boicot internacional contra los productos fabricados en Israel.

En primera persona

Yo he sido miembro de la PSFC durante cuatro años, los que viví en un barrio cercano de Brooklyn. Comer productos sanos y de calidad en Nueva York resulta muy caro. Se trata de una ciudad donde por poco más de un dólar tienes un bocadillo de hamburguesa, más un refresco y patatas fritas de una de las grandes cadenas de comida rápida local, pero una lechuga cuesta 4 dólares. Además, los grandes productores de la industria alimenticia trabajan con unos volúmenes de producción inmensos (en Estados Unidos viven 330 millones de personas) con los condicionantes que ello acarrea y una regulación, en cuanto a uso de determinados productos para el cultivo y la alimentación de animales, más laxa que la europea.

Ser miembro de la PSFC te permite, por un lado, comer más sano sin que la cesta de la compra sea un lujo, porque al no tener ningún ánimo de lucro los productos son entre un 20 y un 40% más baratos que otra tienda de calidad similar.

Además, el comité que se encarga de elegir los productos que se venden en la cooperativa está, constantemente, buscando productores locales que aporten un plus a su actividad, ya sea porque apuestan por la producción ecológica, porque trabajan a pequeña o media escala pero gran calidad o porque recuperan productos locales que se habían perdido. Y, además, se tiene en cuenta que traten a sus trabajadores de manera digna.

Trabajar casi tres horas al mes en el establecimiento, cosa que deben de hacer todos los socios excepto los mayores de 65 años con más de 10 años de antigüedad en la PSFC, resulta, al principio, divertido: conoces gente nueva, muy diversa, la mayoría local… Gente que, además, tiene un compromiso parecido al tuyo en cuanto a la alimentación, sobre cómo debería de ser la producción de esta industria y también con un cierto compromiso social que los vincula a este proyecto. Para un extranjera como yo, también es un buen lugar para practicar la lengua, ampliar vocabulario y cultura, porque también se conoce a los pueblos por cómo y qué comen.

Con los años, cumplir con este trabajo, sobre todo por el ritmo vertiginoso con el que se vive en Nueva York, se hace más costoso. Pero la Food Coop exige ese compromiso. Yo, por ejemplo, cumplí con mis obligaciones incluso hasta una semana antes de parir. Si uno no se presenta a su turno, se le penaliza con dos semanas sin poder acceder al establecimiento (el acceso se controla con el carnet de socio).

Park Slope, el barrio donde se encuentra la cooperativa, es un barrio de clase media alta, y, durante un tiempo se observó que algunas familias mandaban a sus canguros o asistentas a hacer las horas de trabajo que les tocaban a ellos. Desde entonces se estableció un control un poco más riguroso de los turnos de trabajo de los miembros.

 

Traspasando fronteras


Miembros de la PSFC que se han instalado por Europa y otros que han visto la película del director Tom Boothe han iniciado proyectos parecidos como La Louve, un súper participativo que funciona con éxito en París desde 2016.

En España, dan sus primeros pasos proyectos inspirados en la PSFC como la Super Coop Manresa, ya en funcionamiento; o la Food Coop BCN, todavía en los cimientos; la Supercoop, el super cooperativo de Lavapies, o La Osa, en Ventilla.

 

Escrito por Rut Vilar

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