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Mirlos en mi jardín

19 junio 2021

Sí, han llegado los mirlos a mi jardín. Eso no debería parecer extraño, pero es que los mirlos ya hace tiempo que dejaron la vida rural para instalarse en las ciudades y se han convertido en uno de los animales urbanos más antiguos. Cuenta el naturalista Menno Schilthuizen en el libro del que ya te he hablado aquí Darwin viene a la ciudad que el sobrino de Napoleón ya vió mirlos residentes en Roma así que hace siglos que llegaron a las zonas habitadas por humanos. Lo mejor es que los mirlos urbanos están ahora apunto de evolucionar hacia una especie distinta, tienen entretenidos a un montón de biólogos en diferentes ciudades europeas y son considerados un caso de verdadera especiación, pronto recibirán un nombre concreto que seguramente será muy urbanita. El caso es que a los mirlos, llegados ahora desde la ciudad, les ha gustado mi jardín y se comen las hojas tiernas y recién nacidas de mis planteles de girasoles, de judías, de pimientos… me voy a quedar huérfana de cultivo este verano. No puedo considerarlo un desastre y pienso en la frase de aquella campesina indígena que repetía lo de las 3 semillas: una para la tierra, una para los pájaros, una para nuestro alimento, realmente es así y eso hago cada vez que planto. Desde que los humanos creamos el concepto de jardín, ese lugar se ha convertido en un placebo de naturaleza domesticada. Allí plantamos las especies que nos motivan y desechamos y arrasamos las que nos molestan. De eso sabe mucho el escritor y filósofo Santiago Beruete, sus libros Verdolatría y Jardinosofía son fuente de conocimiento y ahora acaba de publicar el tercero que cierra lo que él denomina la Trilogía del Jardín Aprendívoros. Cómo cultivar la curiosidad, todos ellos publicados en Turner Editorial. He recordado las palabras de Beruete al descubrirme resignada sin mis pequeñas plantas que comenzaban a brotar: el jardín es una escuela de filosofía, la paciencia, la espera, la humildad son valores que se practican cultivando. Y entonces pienso que resignación debe ser otro de los valores a practicar en esa filosofía del cultivo, sus reflexiones unen mano, hummus y humildad desde una misma etimología porque proceden de la misma tierra.

Precisamente para nuestra nueva vida en la tierra s XXI el jardín es un Paraíso Perdido, aquel que nos contaron que existió alguna vez, en el que deambulaban felices y desnudos Adan y Eva, entre el Tigris y el Éufrates, los ríos de la historia de las civilizaciones. Mi amigo Ignacio Somovilla usó ese nombre para sus proyectos artísticos y para el ciclo de Cine y Jardín que cada año presenta en la Filmoteca de Catalunya y que ahora se celebra en Junio. Esta es su séptima edición.

Igual cuando leas esto el ciclo ya habrá pasado pero estoy segura de que no te perderás el próximo. Ignacio y yo hemos visitado juntos muchos jardines escondidos y secretos, todos ellos en zona urbana y hemos vivido la evolución del jardín ordenado, pensado y milimetrado, al jardín silvestre, salvaje en ocasiones, en el que las malas hierbas son bienvenidas porque muchas además son comestibles. De nuestras experiencias nacieron dos libros El Jardín Escondido y La Ciudad Comestible, este último lo publicamos hace muy poquito, tan poco que su presentación en Madrid, en el Jardín Botánico, la realizamos tres días antes de confinarnos. Y fue entonces cuando pensamos más intensamente en ese Paraíso Perdido que no podíamos respirar, ni admirar, ni sentir. No es de extrañar que una maceta junto a la ventana y un mirlo acercándose a picotear fueran para muchos el jardín completo durante meses.

En esa aventura jardinera nos acompañaron el permacultor Jabier Herreros con su conocimiento hortícola y sus recetas para comernos, bebernos y hasta ponernos en el cuerpo lo cultivado en la ciudad y el acuarelista Jorge Bayo que piensa las flores, las hojas, la luz, los espacios de un jardín como los pinta, los admiro mucho.


 

Jabier y Jorge, Ignacio y yo misma, todas somos personas jardineras con mayor o menor suerte pero conectadas a la tierra. Y aunque hemos recorrido huertos urbanos y comunitarios, espacios liberados y recuperados, Ignacio y yo tenemos referentes que marcan nuestra visión del jardín. Una de ellas y que es muy recurrente, es la historia del artista queer Derek Jarman, seropositivo y enfermo de SIDA decidió pasar los últimos años de su vida cultivando un jardín en Prospect Cottage, en una cabaña de pescadores, cerca de una Central Nuclear en activo y en el terreno más árido y más diezmado por el viento y la sequía que puedas imaginar. Él iba muriendo mientras el jardín crecía y se llenaba de vida. Jarman se implicó tanto en el jardín que dejó de filmar y trabajar como artista para dedicarse únicamente a plantar semillas que resistieran ese clima y ambiente extremo. Escribió a diario sobre su experiencia en Naturaleza Moderna (Synesthesia edit.) un libro que resume su año decisivo 1989-1990. La cultura es lo dado; la naturaleza, lo que se cultiva. Algo más tarde, pero en La Toscana, la escritora y filósofa Pía Pera lee a Jarman con la visión de quién se siente en la misma situación. Le diagnostican una enfermedad incurable que irá paralizando su cuerpo poco a poco y ante ello decide vivir sola y en compañía de su perro Macchia en el jardín que hace tiempo cultiva. Bueno, cultivar es un decir, porque el jardín de Pia es conocido precisamente por su decisión de intervenir lo mínimo en él, pletórico de hierbas silvestres que crecen allí debido a las semillas que trasladan los pájaros y el viento. Cientos de variedades de flores, frutales y vegetales entre los que Pía Pera se limitó a mantener algunos senderos para acceder al grupo de árboles o al estanque. Convirtió en libro sus sensaciones, lo tituló tomando un poema de Emily Dickinson Aún no se lo he dicho a mi jardín (Errata Naturae) y pasó sus últimos tiempos esforzándose en arrodillarse para seguir plantado algunos bulbos y hortalizas que le traían sus amigos y ayudantes de Sri Lanka. Antes de todo ello viajó hasta la India invitada por Vandana Shiva para visitar Navdanya, la finca agrícola al pié del Himalaya que Vandana había comprado para renaturalizarla y regenerarla, ahora es otra réplica del Paraiso Perdido. También estuvo en Japón junto a Masanobu Fukuoka descubriendo los secretos del no hacer en el jardín, del dejar que la naturaleza actúe por ella misma. Pía Pera murió junto a su jardín y en sus últimos escritos muestra esa connexión con los seres que ha cuidado hasta el final: un mosquito tigre se posa en mi pie. No soy capaz de espantarlo. No puedo escapar. Como una planta. 

 


 

Para Pía y Derek sus jardines eran refugio y lugar de sanación, pero también lo son ahora para la ciencia que nos alerta de los beneficios contra la crisis y la emergencia climática que la sombra de un árbol y el cultivo vegetal puede ofrecernos. Me altera un poco oír hablar de Refugios Climáticos y sin embargo ya existen. Los primeros en construirse respondían a la imagen distópica de ese lugar hermético donde no dejar pasar ni calor ni frío, con acceso al agua embotellada y sensación térmica estable. Luego, por suerte, hemos madurado y espero que ya no haya marcha atrás en su modelo de creación a partir de ahora. Los Refugios Climáticos son esas zonas verdes en ciudad en las que la temperatura disminuye considerablemente debido a la presencia vegetal, sobretodo de árboles y al frescor que proporciona alguna fuente de agua. El nuevo edificio cooperativo de La Comunal que alberga en Barcelona una escuela de idiomas, una librería, un medio de comunicación, un restaurante, una sala de fiestas y una cooperativa de arquitectos, ya lo tiene previsto. Se está creando y se mostrará como lugar abierto al vecindario para que en caso de necesidad puedan descansar junto a sus paredes forradas de vegetación. Nuestras zonas urbanas, asfaltadas y cimentadas deben establecer estrategias de mitigación eficientes que permitan reducir la temperatura durante las olas de calor. Los árboles son una de las mejores respuestas a ello porque nos ayudan a estar mucho mejor. Habrás observado lo bien que te sienta un paseo por el bosque, aunque sea un retal de bosque urbano. Sentarte a la sombra de un árbol en verano un buen rato o mejor en el rincón de un Jardín Escondido activará tus linfocitos, implicados en la regulación de las células cancerosas de nuestro cuerpo. Esta estimulación se debe a las fitoncidas, unas sustancias volátiles que los árboles producen, son como aceites esenciales que preservan el pequeño bosque de infecciones microbianas. Jacques Tassin, autor del libro Pensar como un árbol (Plataforma edit.) recuerda que basta con inspirar para captar las sustancias que revolotean alrededor, sustancias beneficiosas llamadas pineno, borneol, cimeno, linalool, limoneno. Nosotras las personas humanas las identificamos porque percibimos que huele a bosque. Los monoterpenos emitidos por el bosque poseen efectos antioxidantes y antiinflamatorios, facilitan la reabsorción ósea y reducen la osteoporosis. Por eso cada vez es más común practicar el shinrin-yoku, el baño de bosque que ha investigado durante toda su vida el científico japonés Qing Li, autor del libro El Poder del Bosque (Roca Edit.) Hay una cosa que me encanta del Doctor Li y es su propuesta de descalzarnos en cuanto toquemos tierra diferente del cemento. Caminar descalza es lo mejor que te puede pasar en tus paseos por el bosque, poder estar durante un tiempo sin la presión de los zapatos es un privilegio. Él afirma que cuando tocas el suelo con los pies descalzos recibes una dosis de los electrones de la Tierra, de efecto curativo. En algunas experiencias de baños de bosque lo proponen, yo he participado en las realizadas por la Asociación Selvans tienen un lema que he hecho mío: personas que cuidan de los bosques, bosques que cuidan de las personas. Ahora trabajan en llegar a acuerdos para mantener como bosques maduros algunos de esos refugios de vida, para que la actividad humana no entre en ellos con necesidades extractivas.

Uno de mis jardines preferidos vive y expande su verde desde un quinto piso en el centro de la gran ciudad. Lo cultiva cada día Joan Carulla, todavía ahora con sus 98 años recién cumplidos. Cuenta que el hambre en la postguerra lo convirtió en vegetariano y la necesidad de cultivar en la ciudad, cuando llegó a ella, en permacultor. Así que Joan Carulla es el primer y más longevo permacultor urbano de esta zona del planeta. En una terraza reforzada y aislada para evitar problemas de filtraciones, Carulla riega con agua de lluvia y cultiva sobre un suelo que es compost transformándose en abono, gracias a la aportación continua de papeles viejos, madera usada y restos orgánicos. Recoge tomates, patatas y 100 kilos de uvas cada año. Visitarlo es salir con bolsas a rebosar de nísperos y un montón de hortalizas, es mi maestro de vida. Hace pocos días, dentro de las 48h de Agricultura Urbana de las que ya te hablé montamos un diálogo entre Joan y otro especial permacultor urbano en las terrazas de Barcelona, Robert Strauss, ahora su diálogo debe correr y crecer por la red para que se convierta en una lección máster de cultivo urbano. En 20 minutos repasan su experiencia y su trabajo con los tres elementos necesarios en un jardín: tierra, agua y sol. Quiero que la veas y la disfrutes y alucines con cada una de las palabras que comparten, te la dejo aquí

 

Si te has detenido varias veces en la imagen del jardín que abre este blog, habrás pensado en la suerte que tiene Pilar con tanta maravilla de flores a su alrededor. Lo cierto es que el jardín no es mío, se trata del jardín de Las Lilas y La Luna un proyecto de cultivo y recolección de flores para la creación de aceites esenciales, cremas para el cuerpo, hidrolatos, en el que la agricultura regenerativa está muy presente. Llegué al Jardín de las Lilas una tarde de tormenta, se vació el cielo en unos minutos y mientras caminaba entre el barro hacia la casa me inundaron los olores de las rosas, los colores de las lilas y las caléndulas, el aroma de las lavandas. Ana Gayoso es el genius locci, el hada del lugar y me gusta cómo se define a sí misma: soy… las flores que trabajo en nuestros campos, el amor a mi tierra y mi familia, la libertad de vivir en la naturaleza. Soy mi laboratorio investigando procesos antiguos para hacer de la planta una medicina. Soy el silencio de un amanecer de primavera, con mi té caliente entre las manos, observando maravillada cómo se abren las rosas al nuevo día. Ábrete también tú al nuevo día pensado en un jardín, el que tengas más cerca, el que quieras comenzar a crear, deja que sea algo silvestre, aplica la teoría de Pía Pera o de Joan Carulla o de Derek Jarman para observar la conexión entre las plantas y los árboles y no forzar su extensión, deja que ocupen aquí y allí y muestren su armonía, lanza algunas semillas locales. Lo demás y también los mirlos vendrán con el tiempo. Pero si quieres inspirarte más, te dejo con la entrevista a Ignacio Somovilla a propósito de su ciclo de Cine y Jardín. Que lo disfrutes y encuentres tu Paraíso Perdido.

 

Conoce a Pilar Sampietro

Soy periodista radiofónica especializada en ecología y cultura. Dirijo y presento Vida Verda en Ràdio 4, así como su versión en castellano, Vida Verde, en Radio Nacional de España (RNE) y Radio Exterior, programas  sobre crisis climática y ecológica, biodiversidad, paisaje y cultura. En Radio 3 presento Mediterráneo, un espacio sonoro sobre música, efectos migratorios y cultura de los diferentes rincones del Mediterráneo. Además, colaboro habitualmente en blogs de ecología como Alterconsumismo (El País Digital), soy coautora de los libros El jardín escondido (Pol·len, 2013) y, más recientemente, La ciudad comestible (Morsa, 2018), donde exploro experiencias y propuestas para hacer más verdes las ciudades.


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