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Malas Hierbas

2 noviembre 2021

Hasta hace un tiempo mi trabajo en el pequeño huerto consistía en arrancar constantemente las hierbas que iban apareciendo y que no distinguía como futuras tomateras, calabacines, girasoles, judías, habas y otros vegetales domésticos. Alguien me dijo que eran Malas Hierbas y le hice caso. Pero entonces llegaron mensajes: no hay mala hierba y demostraciones: la rúcula es magnífica para la pizza, el cenizo salteado a la paella es un manjar, la bardana se come al vapor aliñada con aceite de oliva y así hasta el infinito. Resulta que casi todo lo que crece en mi huerto es comestible, así que ¿dónde está la mala hierba? Hay que visibilizarla y dignificarla. En la ciudad las plantas silvestres llaman su atención porque crecen entre el asfalto y acostumbran a ser eliminadas muy rápido. De ello se ocupa nuestro trasiego de vida urbana y humana, un montón de ruedas de coches, motos, bicis, camiones, autobuses y un montón de zapatos de todo tipo.

El jardinero y paisajista Eduardo Barba ha decidido darles protagonismo en su último libro “Una Flor en el Asfalto” (Tres Hermanas edit.) junto a los dibujos de Raquel Aparicio, Eduardo les ha dado voz y hablan de sus aventuras urbanas achicorias, caléndulas, cerrajas, bolsas de pastor a las que les gusta ser pisadas y pisadas y pisadas. Pero Eduardo no se limita a informar sobre las propiedades de esas plantas que comparten con nosotros la parada del bus, sino que aborda formas de entender nuestra convivencia con ellas, una convivencia que debemos comenzar a cambiar. Por ejemplo, esa manía que tenemos de asociar con la dejadez el hecho de que las calles queden recubiertas de hojas en otoño, o que en los alcorques crezcan flores y hierbas silvestres. Nuestra calle estará sucia por muchos otros motivos, una planta, un vegetal, crezca donde crezca, nunca convierte el entorno en sucio y dejado. Por suerte, investigadores como el mismo Eduardo Barba han demostrado cómo estas hierbas silvestres que crecen cerca de los troncos de los árboles urbanos son un reservorio de vida animal fas-ci-nan-te y no un pipi-can. Todas ellas crecen en las calles, en los parques, en los descampados y en los muros y solo hay que facilitar que asomen y dejar que crezcan a sus anchas, respetándolas para que demuestren que no tienen por qué vivir solo en los márgenes de la ciudad, sino vegetar dentro de ellas.

Lleva mucha razón Eduardo Barba cuando reconoce a través de sus protagonistas que “un camino cualquiera sin pequeñas flores está muerto. Un muro de contención sin hojas y tallos colgando es menos muro. Y una grieta en la calle a la que acaricien nuestras hojas deja de ser un defecto para convertirse en virtud”.


Pintar un diente de león en la fachada de un altísimo bloque de viviendas humildes es devolver la dignidad a quienes lo habitan. Su artista es Mona Caron, artista, activista, ecologista y gran defensora de la biodiversidad de especies frágiles, como son las plantas silvestres. Su forma de devolverles ese protagonismo perdido es convertirlas en seres pintados de muchos metros de altura. Comparte sus murales en las redes sociales y puedo decirte que lo mejor no son solo sus representaciones de genciana a lo grande en los muros, sino los comentarios y la reivindicación que ella misma hace sobre las mal consideradas malas hierbas. Una de esas gencianas la pintó cerca de las altas montañas del Jura de Suiza, donde ella nació y recuerda al colgarla en las redes, cómo es su raíz amarga, clave de muchos vermouth, licores, jarabes y tinturas. Ofreció esa amarga flor silvestre, una hierba de campo, como metáfora de la resistencia, para representar aquello que la naturaleza nos ha estado ofreciendo todo el tiempo y a la que hemos dado la espalda. Mona pinta colgada de una grúa que la ayuda a seguir las paredes de los edificios y en cada pared, en cada proyecto representa esa pequeña flor que crece cerca y a la que nadie hace el más mínimo caso. Una flor silvestre nacida cerca del río Hudson que ahora se alza en el edificio de la Oficina de Asuntos Culturales de Jersey City, se trata de la Joe Pye (eupatorium purpureum) y que ahora es la representación del triunfo de la naturaleza sobre lo humano, situándonos en el lugar que nos corresponde, bajo su presencia, para que aprendamos y para reclamar que vuelvan a estar entre nuestras calles. Entrad en su Instagram @mona.caron y abrid la ventana a otra manera de vivir entre el asfalto.

De la misma manera, el astrofísico y divulgador científico Hubert Reeves se ha convertido a sus 84 años en un gran defensor de la biodiversidad. Colaborador de la NASA para la que trabajó buena parte de su vida, la urgencia por la crisis climática que vivimos y la pérdida de especies animales y vegetales lo ha impulsado a escribir libros sobre sus paseos por el campo y la defensa de las hierbas más denostadas. Así lo hace en “J’ai vu une fleur sauvage” (Edit. Seuil) He visto una flor salvaje, de momento solo editado en francés. Reeves muestra en el libro el resultado de sus paseos por el bosque de Malicorne, cerca de París, observando flores salvajes y esperando el nacimiento de especies como la Anemona Sylvie o Anemona de Madera a primeros de marzo. Hubert Reeves es el presidente honorario de la Association Humanité et Biodiversité con la que han creado el proyecto Oasis Nature para dinamizar la creación de pequeños refugios de fauna a través del cultivo y el cuidado de hierbas silvestres.

Ante la crisis y emergencia climática que vivimos Reeves es contundente, para él lo importante no es tomar una actitud optimista o pesimista de lo que nos espera, sino determinar lo que hace falta para que nuestro planeta siga siendo habitable y las hierbas silvestres tienen mucho que aportar por ello. Su perspectiva, igual que la de otro gran pensador francés Pierre Rahbi, es la de facilitar y fomentar el retorno de la vegetación al planeta. Rahbi es agricultor y escritor, de origen argelino y muy comprometido con el derecho social y ambiental. Adaptación, creatividad ciudadana y solidaridad son tres palabras con mucho significado para él, porque de ellas dependen la evolución de la humanidad en este mundo cambiante. En su libro “La Convergence des Consciences” (Edit. Le Passeur) tampoco de momento en castellano, Rahbi elogia su jardín comestible porque para él significa reconectar con las energías de la vida, sobre todo porque hace ya tiempo que se negó a utilizar químicos y fertilizantes para su abono y evolución. Ve la defensa de su huerto, de su jardín, de sus plantas silvestres como un acto político, un acto de resistencia, una ruptura obligada con la vida frenética que nos invade. La tierra, dice, es mi hija, mi madre, mi amante y debo cuidar de ella sin herirla.


Si hay un lugar en el que me gusta añadir las hierbas silvestres que encuentro en los caminos es en la ensalada, mezclo pétalos de caléndula, capuchinas, mostaza, rúcula, jengibre o bolsa de pastor con la lechuga y el tomate que casi desaparecen en el plato. Esa afición que me ha dado por recolectar en campo o en ciudad no viene de ahora, pero reconozco que en estos años está mucho más presente en mi vida. Durante un tiempo seguía el madurar de las aceitunas en el olivo que asomaba por el muro de la calle abarrotada de coches, cerca del Hospital donde mi madre ingresó antes de morir. Estos últimos otoños me he visto tentada de acercarme a él y alargar la mano y recogerlas para comenzar con ellas el proceso de aliño junto a ajedrea, laurel y tomillo… no hay octubre sin esa labor aceitunera en mi vida.

Lo mismo me ocurre cuando camino por el campo, mi vista se pierde en las plantas que crecen junto al asfalto de las carreteras secundarias. Hace poco la editorial Sidillà que publica verdaderas joyas de conexión literaria con la defensa natural, publicó la experiencia de dos mujeres etnobotánicas que decidieron volver a recuperar esas “malas hierbas” para nuestros platos. Se trata de “La Gastronomia dels Camins” de Marisa Benavente y Pilar Herrera, expertas en alimentación silvestre. El libro recopila 100 recetas para realizar con plantas tan sufridas y consideradas vulgares como la patagallina, la cosconilla, la consuelda, el cardo mariano, el hinojo silvestre, la ortiga, el rábano bordo, el salsifí. ¿No te atreves con unos buñuelos de malva, una quiche de hierbas silvestres o una sopa de ortigas? Acércate a la sabiduría de estas dos mujeres poseedoras del don de identificar las plantas mientras pasean y aprende a conocer lo que te encontrarás en el camino. Si avanzas por un sendero plano allí estarán el espino blanco, el escaramujo, el diente de león o el hinojo. Si estás en el bosque encontrarás el enebro, la violeta, la melisa o el rapónchigo. Si caminas cerca del río entonces habrá sauco, menta, epilobio o tupinambo. Y muchas de ellas cubren también los espacios de nadie, los sin frontera, las zonas sin nombre.

Voy en tren, están cortando la hierba de un lado de la vía, es uno de esos espacios. Al talarla aparecen los residuos de plástico acumulados y que las plantas escondían: latas, bolsas, latas, bolsas, latas bolsas, de nuevo latas, de nuevo bolsas. Pienso en cómo las plantas han debido sortear todos esos objetos mientras crecían, objetos extraños aparecidos en una etapa de sus vidas que han podido superar. Para nosotras, personas humanas, es la evidencia de nuestra acumulación y de nuestro consumo, para ellas obstáculos diversos y sin vida en los que apoyarán una hoja, quizás un tallo, pero que tenderán a ocultar bajo su crecimiento.


¿Cuál crees que es la planta del mundo? ¿La más extravagante y peculiar? ¿O la más sencilla, frágil y silvestre? Para Stefano Mancuso la planta del mundo la conforman todas las plantas que al igual que en el bosque donde cada árbol se relaciona con los demás en virtud de una red subterránea de raíces que los une hasta formar un superorganismo “La planta del mundo” (Stefano Mancuso, Galaxia Gutenberg Edit.) igual pasa con las plantas, todas son finalmente una, una planta de la libertad, una planta de la ciudad o una planta del subsuelo, todas alimentándose unas de los nutrientes que otras dejan en la tierra. Y sí, debemos darles a las plantas la importancia que se merecen porque, vistos los números, al fin y al cabo, son mayoría bajo el sol. Los animales solo representamos un 0,3% de la biomasa del planeta, mientras que las plantas conforman el 85%, ¿hacen falta más datos para demostrar su superioridad? Más respeto por las hierbas, sean las que sean las que te encuentres en tu camino, ellas lo merecen. Y si todavía no te has convencido, aquí te dejo la conversación que mantuvimos con Eduardo Barba, disfrútala después de escuchar la experiencia de la artista Bea Sarrias pintando el edificio que da nombre a una zona frágil y protegida, La Ricarda, que estuvo bajo amenaza por la ampliación del aeropuerto del Prat de Barcelona.

https://www.rtve.es/play/audios/vida-verde/vida-verde-ricarda-cangas-flores-asfalto-25-09-21/6104654/

 

Escrito por Pilar Sampietro.

Conoce a Pilar Sampietro

Soy periodista radiofónica especializada en ecología y cultura. Dirijo y presento Vida Verda en Ràdio 4, así como su versión en castellano, Vida Verde, en Radio Nacional de España (RNE) y Radio Exterior, programas  sobre crisis climática y ecológica, biodiversidad, paisaje y cultura. En Radio 3 presento Mediterráneo, un espacio sonoro sobre música, efectos migratorios y cultura de los diferentes rincones del Mediterráneo. Además, colaboro habitualmente en blogs de ecología como Alterconsumismo (El País Digital), soy coautora de los libros El jardín escondido (Pol·len, 2013) y, más recientemente, La ciudad comestible (Morsa, 2018), donde exploro experiencias y propuestas para hacer más verdes las ciudades.

 


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