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Fast fashion la moda insostenible

27 octubre 2020

Crear prendas de manera rápida, en grandes cantidades y a un precio muy reducido conduce a un modelo de consumo totalmente insostenible a nivel medioambiental, personal, social y cultural.

El 24 de abril de 2013, el derrumbe del Rana Plaza, un conocido edificio ubicado en la capital de Bangladesh, puso en el punto de mira internacional al sector de la moda. El bloque albergaba cinco talleres de producción textil que trabajaban para grandes marcas europeas y norteamericanas. Los responsables acumulaban un sinfín de quejas de sus empleados (la mayoría, mujeres) sobre el deplorable estado del edificio, pero lejos de atender sus advertencias, amenazaron con despedirlos si no atendían sus tareas, sin ninguna medida de seguridad. En el desplome murieron 1.134 personas y casi 2.500 resultaron heridas. La tragedia del Rama Plaza –que no era la primera de este tipo, pero sí en la que hubo más fallecidos– hizo aflorar la explotación laboral que sufren en países como Bangladesh los trabajadores que producen para las principales firmas del sector de la llamada fast fashion o moda rápida. La falta de responsabilidad social de estas marcas hizo, además, que apenas se pudieran depurar responsabilidades tras la tragedia.

Un modelo de consumo insostenible

El concepto fast fashion podría resumirse como la apuesta de una parte de la industria de la moda por crear prendas de manera rápida, en grandes cantidades y a un precio muy reducido. El objetivo final es el aumento exponencial de los beneficios obviando las graves consecuencias que conlleva este proceso en su camino.

Aunque algunos expertos sitúan el nacimiento de la fast fashion en los años 60, su eclosión se produce con la llegada al mercado de, principalmente, marcas como Zara (junto con el resto de firmas de Inditex), H&M o Forever 21. A finales de la década de los 90 y principios de la de 2000, estos dos gigantes abandonan la estrategia preponderante en el sector de dividir por temporadas la producción de ropa, con dos grandes bloques anuales, y se entregan a la renovación permanente. Víctor Martínez de Albéniz, profesor de IESE, y Felipe Caro, de la Anderson School of Management de la Universidad de California Los Angeles (UCLA), describen esta estrategia en el artículo El efecto de la rotación de surtido en la elección del consumidor y su impacto en la competencia (original: The effect of assortment rotation on consumer choice and its impact on competition). Zara, por ejemplo, pasa a enviar prendas nuevas a sus tiendas dos veces a la semana. Se trata de introducir colecciones de ropa que siguen las últimas tendencias de la moda, pero que han sido diseñadas y fabricadas de una forma rápida y barata. Así, convencen al consumidor medio de que puede acceder a las novedades del mundo de la moda a precios bajos.

Al final, esta forma de consumir moda se traduce en un círculo perverso que hace que el usuario vista una misma prenda, como máximo, entre cinco y siete veces, según un estudio de la organización británica Barnado’s, y esta acabe, sin apenas uso, entre residuos.

Hay un problema fundamental con el modelo de negocio de moda rápida en el que los ingresos se basan en la venta de más productos y, por lo tanto, los minoristas deben ofrecer constantemente nuevas colecciones. Sería poco realista esperar que los consumidores dejen de comprar a gran escala, por lo que en el futuro, esperaría ver un mayor desarrollo y una adopción más amplia de métodos de producción más sostenibles, como teñir sin agua, usar los desechos como materia prima y desarrollar soluciones innovadoras al problema de los residuos textiles”, resume Patsy Perry, profesora especialista de Universidad de Manchester.

 

Fundación Ellen MacArthur

 

La moda rápida conduce a un modelo de consumo totalmente insostenible a nivel medioambiental, personal, social y cultural.

  • Como hemos explicado, la necesidad de producir en grandes cantidades,  a toda velocidad y al mínimo precio conlleva que la elaboración de la mayoría de prendas de estas marcas se haya externalizado a países con un menor control (a veces nulo) de las condiciones laborales de los trabajadores, de seguridad y de las fábricas. De hecho, la tragedia del Rama Plaza hizo que algunas firmas se comprometieran a procurar un mayor control de las condiciones de trabajo en los talleres con los colaboran. Algunos activistas calificaron el pacto de cortina de humo, otros, de medidas insuficientes. En Bangladesh, por ejemplo, llevó al cierre de 200 fábricas y a que se hicieran más de 1.600 inspecciones. Pero según Naciones Unidas, aun ahora, “a los trabajadores de las textileras a menudo se les pagan sueldos irrisorios y se les obliga a trabajar largas horas en condiciones terribles”.
  • A nivel medioambiental, una producción de este tipo consume gran número de recursos, como cantidades ingentes de agua. Celia Ojeda, responsable del Programa de Consumo de Greenpeace, explica que “para producir unos vaqueros tenemos que utilizar tanta agua como la que consumiría una persona durante diez años”.
  • Debido a la producción elevada, se generan muchos residuos. Cada segundo llegan a los vertederos o son quemados tantos textiles como los que caben en un camión de basura. A menudo, este tipo de empresas no se deshacen de ellos de manera ética y responsable, sino que los arrojan a ríos o al mar, suponiendo un impacto en la vida de ese ecosistema. La industria de la moda produce el 20% de las aguas residuales mundiales. Y el teñido de textiles es el segundo contaminador de agua más grande del mundo.
  • En 15 años la producción textil se ha duplicado a nivel mundial y, según advierte la ONU, ya genera el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero, más que todos los vuelos internacionales y transporte marítimo. Además, incrementa la contaminación por el aumento del transporte a nivel mundial.

Aumenta la conciencia, apuesta por la slow fashion 

La denuncia por parte de activistas y organismos internacionales de las consecuencias de la fast fashion ha empezado a generar conciencia en una parte de la población, sobre todo, en un sector importante entre los más jóvenes.

A principios de 2019, la empresa de ropa de segunda mano Thredup hizo públicos los resultados de su informe anual sobre el consumo de moda (hecho a partir de encuestas de consumidores, seguimiento de minoristas, datos públicos oficiales, intercambio de datos, observación de tiendas y fuentes secundarias)  y concluyó que, entre la llamada Generación Z un 54% de los encuestados se comprometía a comenzar a comprar artículos de mayor calidad y no de bajo coste. En lo que a moda sostenible se refiere: el 50% de las mujeres de entre 18 a 25 años apostaba por empezar a comprar ropa de segunda mano.

Desde Intermon Oxfam también advierten una mayor concienciación respecto al consumo de ropa por el impacto que significa en el medio ambiente, por las condiciones de trabajo que sufren personas con mucha necesidad y por cómo afectan nuestras decisiones de consumo en tantos otros aspectos.

Incluso desde la propia industria, Pascal Brun, responsable global de sostenibilidad de H&M, aseguró durante el último Fashion Ideas Forum: “El fast fashion no es sostenible, por eso tenemos que cambiar y la única forma en la que el fast fashion puede ser sostenible es siendo circular. Todavía no estamos ahí, pero tenemos que poner todos nuestros esfuerzos en eso”.

 

Foto de Unsplash

 

En contraposición a la fast fashion nace el concepto slow fashion, acuñado en 2007 por la profesora de Sostenibilidad, Diseño y Moda del ‘Centre for Sustainable Fashion’ de Londres, Kate Fletcher. Este movimiento promueve la transparencia de los procesos de producción, introduciendo la trazabilidad de las prendas. De forma que el consumidor sepa quién, dónde y en qué condiciones se ha elaborado la ropa que lleva. Además, propone:

  • Reducir el consumo de ropa.
  • Reparar o dar una segunda vida a las prendas que ya se tienen.
  • Optar por usar ropa de segunda mano.
  • En caso de compra, hacer un consumo responsable. A través de prendas de comercio justo, con una mayor calidad y exclusividad en detrimento de las prendas. A precios asequibles realizadas en cadena y con materiales dañinos para el medio ambiente.
  • Compra de proximidad.
  • Los materiales fomentados por el Slow Fashion son productos nobles que no contaminan el medio ambiente y que son biodegradables.

Escrito por Rut Vilar.


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