La Eco-Ansiedad

La amenaza climática no deja únicamente estragos físicos y medioambientales, sino que también puede generar nuevas enfermedades psíquicas. 

El cambio climático ya es una amenaza real para muchos de nosotros. Allá quedan los años en los que la bióloga marina Rachel Carson denunciaba los estragos de los insecticidas en el planeta cuando nadie se imaginaba nada.  El ministro de agricultura durante el mandato de Eisenhower, después de leer sus artículos de Carson, justificó que se debía al aburrimiento de ésta por no estar casada, a pesar de ser atractiva, y de que probablemente también era comunista.

Ya en los años 60, científicos, ecologistas y activistas alzaban la voz por la amenaza climática, pero no ha sido hasta la década del 2000 cuando las instituciones y la ciudadanía se han concienciado sobre ello.

Aunque a nivel colectivo se haya avanzado mucho en conocer y entender el problema, “las cosas de palacio van despacio” y la  inmovilidad gubernamental y empresarial sigue frenando el cambio de paradigma.

Lo que hagamos en los próximos diez años cambiará el curso de nuestro planeta y de nuestro futuro.  Una importancia histórica, probablemente sin comparación posible con ninguna otra época de la humanidad.

Debemos entender el cambio climático en dos vertientes: la colectiva, que nos obliga como sociedad a actuar como uno, y entender que solo con el esfuerzo de todos podremos frenar el avance de éste; y la individual, enfocándose en cómo nos afecta a cada uno este fenómeno. Se avecinan cambios que conllevarán pérdidas para todos y todas. Y conforme esas pérdidas van haciéndose más concretas, empiezan a emerger sentimientos de ansiedad y luto.

 

¿Qué es la Eco-Ansiedad?

La Asociación Psicoanalítica Internacional ha reconocido oficialmente que el cambio climático es la mayor amenaza mundial para la salud del siglo XXI.

Y una de estas primeras manifestaciones psicológicas que ya están presentes es la Eco-Ansiedad. Ésta se describe como “la preocupación, depresión o ansiedad que se desencadena por una conciencia de los problemas ambientales que enfrentamos.”

Este tipo de ansiedad aún no se ha recogido en el Manual Estadístico de Diagnóstico de Trastornos Mentales, publicado por la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría, la referencia mundial en la clasificación de trastornos y enfermedades mentales.  Aunque en un informe publicado en 2017, la Asociación Psicológica de Estados Unidos definió la Eco-ansiedad como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”. Sin este registro, aun no tenemos cifras reales del impacto de la Eco-Ansiedad en la sociedad, pero sí que podemos observar ya en las redes sociales la creciente preocupación por ésta.

 

Los testimonios hablan


Foto de GettyImages

La periodista Sara Rada relató su experiencia con la Eco-Ansiedad en Mundiario así:


 

El ambientólogo valenciano Andreu Escrivà habló en el Periódico La Marea sobre esta experiencia :


Según Escrivà, esta frustración se ve agravada por el inmovilismo de nuestro alrededor y la solución es complicada porque:  si transmites un mensaje positivo, la gente se queda con la idea de que no pasa nada, y si transmites un mensaje demasiado duro, piensan que ya no hay nada que hacer. Al final entran en una apatía que es más peligrosa que el negacionismo. Ambas paralizan la acción igual, pero al negacionismo le quedan dos telediarios”.

 

La economía en manos del clima

También podemos entender la Eco-Ansiedad como aquella que aparece después de sufrir fenómenos meteorológicos extremos. Según los datos que muestra una notícia de El País, un 4% de las personas que sufrieron el huracán Katrina en el año 2005 (que dejó 2.000 muertos y más de 650.000 desplazados) han sufrido estrés postraumático y la mitad de ellos tuvieron episodios de ansiedad o un trastorno del estado de ánimo.

La economía queda más en manos del clima y, por tanto, su población está más expuesta a los problemas de salud mental. El resto del mundo también se enfrenta a este delicado desafío.

El informe “El concepto de refugiado climático” del 2018 publicado por la Unión Europea, explica que cerca de 26 millones de personas se ven afectadas cada año por inundaciones, sequías y tormentas en todo el mundo. El clima ha obligado a emigrar a uno de cada diez residentes de islas como Kiribati, Nauru y Tuvalu, en el océano Pacífico, o que 200.000 personas de  Bangladesh -el segundo país más vulnerable al cambio climático, después de Chad- se quedan sin hogar anualmente debido a la erosión de la orilla de los ríos.

 

El antibiótico de la biodiversidad


Foto de Ayuda en Acción

“Ninguna guerra, ninguna recesión, ni ninguna otra pandemia han tenido un impacto tan dramático en las emisiones de CO2 durante el último siglo como el que ha logrado el covid-19 en pocos meses”, escribió recientemente Matt McGrath, corresponsal de medio ambiente de la BBC.

La comunidad científica lleva años lanzando esta alerta: la pérdida de biodiversidad actúa como catalizador para la expansión de virus y enfermedades infecciosas.  Si disminuimos esta diversidad y destruimos ecosistemas, facilitamos que dichos virus “salten” al ser humano. De hecho, se estima que el 75% de las enfermedades nuevas emergentes que infectan a las personas provienen de animales, según Ayuda en Acción.

Por eso, si queremos evitar nuevas pandemias, necesitamos proteger la biodiversidad y fomentar una economía sostenible, porque si no actuamos en las próximas décadas perderemos una de cada ocho especies del planeta.

Pero no debemos perder la esperanza, y como explicó Andreu Escrivà en La Marea: “a veces me pregunto si todo esto sirve para algo, pero cuando llega alguien con ganas de hacer cosas por algo que has dicho o escrito, entiendes que sí”.

 

Escrito por Núria Messeguer

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