Ciudades amables o Soft cities

6 noviembre 2020

Lejos de pensar en la idea de ciudad simplemente como un conjunto de calles, monumentos y edificios cada vez es más frecuente que las ciudades se estructuren tratando de promover las relaciones entre las personas que las habitan, y de estas con los espacios y con el planeta en general. Frente al modelo hostil de grandes urbes grises, llenas de coches contaminantes y con altos índices de delincuencia, cada vez es más común encontrarnos con ciudades con espacios naturales, que fomenten las relaciones sociales con nuestros vecinos y adaptadas a niños, mayores o personas con movilidad reducida. Ha llegado el momento de las ciudades amables.

El concepto: ciudades del siglo XXI


Foto de Pixabay

 

La revolución industrial supuso una serie de cambios en las ciudades. De hecho, la transformación es tal que comprende desde el siglo XIX hasta finales del XX. Por una parte, se produce un gran movimiento migratorio masivo del campo a las urbes, que se traduce en hacinamientos, especialmente en los lugares de trabajo. De hecho, el problema de estas ciudades es que se hacen siempre atendiendo a intereses laborales, no personales y menos individuales. Pero además, el desarrollo de los medios de transporte (ferrocarril y tranvía primero, carreteras y metro después) permite un aumento espectacular de la superficie ocupada. 

Con frecuencia, las ciudades crecen de forma incontrolada generando pésimas condiciones sociales o ambientales. Las clases medias y el proletariado que emergía de los puestos de trabajo de la revolución industrial dieron lugar a los ensanches y a edificaciones en las zonas suburbanas. Además, los centros urbanos no se adaptan para abastecer las nuevas necesidades, y los recursos son insuficientes.

No será hasta finales del siglo XX, en torno a los años 70 que se comienzan a tomar en serio los problemas de urbanización. Las “viejas” ciudades, fruto de la era industrial y postindustrial no son capaces de asumir los nuevos desafíos demográficos, medioambientales, económicos y sociales y se hace evidente la necesidad de un cambio de tendencia. En este contexto, surgen iniciativas como la de ONU-Habitat, que es un programa que trabaja para mejorar el urbanismo, promoviendo el desarrollo de asentamientos humanos sostenibles desde el punto de vista social y medioambiental, y proporcionando viviendas adecuadas para todos.

En este sentido, nace un concepto nuevo de ciudad, la ciudad amable o soft city, que pretende demostrar que otro modelo de ciudad es posible, una ciudad en la se ponga al individuo por encima de los vehículos y los edificios. Tres factores nos servirán para analizar si una ciudad es sostenible o no.

La forma urbana

El diseño de la forma urbana surge como una posibilidad para generar condiciones de vida más sostenibles. Esta afecta directamente al hábitat, al ecosistema, a las especies en peligro de extinción o a la calidad del agua por el consumo excesivo del suelo por ejemplo. Además, afecta a la movilidad y ésta, entre otras cosas, afecta a la calidad del aire. Como vemos, la forma urbana marcará en buena medida el “carácter” de una ciudad.

En cuanto a la accesibilidad, para hablar de una ciudad amable, ésta tiene que ser compatible con las necesidades de los peatones o los ciclistas y no tanto de los conductores. Un buen patrón de forma urbana incrementa la motivación de sus habitantes a pasear.

Otro de los factores importantes es la conectividad de sus ciudadanos, en el sentido de que la ciudad tenga entornos que propicien encuentros y contactos de personas. Se trata de volver a vivir “el barrio” o lo local.

Otro criterio que define la forma urbana sostenible es la densidad. No hay acuerdo sobre el nivel de densidad recomendable, ya que no hay un tamaño ideal o concreto de lo que se trata es de que el tamaño y la densidad de una ciudad responda al crecimiento económico sostenible de las generaciones actuales y de las generaciones futuras. Lo que está claro es que las ciudades super pobladas tienen problemas de masificación, de congestión de tráfico y de exclusión de personas que no tienen un acceso fácil al transporte. Sin embargo, una mayor cantidad de habitantes también tiene muchos efectos positivos como tener más servicios, equipamientos básicos, población más diversa – lo que es enriquecedor – mayor productividad y genera sinergias locales que pueden ser fuentes de aprendizaje. En este caso, el contexto y cada región pueden decir en cada caso, si una gran densidad de población hace de sus ciudades algo más amable o menos. Por citar solo un ejemplo, Ciudad del Cabo, en Sudáfrica está tratando de aplicar diferentes estrategias para densificar la ciudad pues le vendría muy bien para adquirir o asentar una serie de servicios sociales que son importantes, o suministrar – de forma más económica – servicios como agua, alcantarillado o electricidad.

Para definir una ciudad como sostenible también tenemos que tener en cuenta la diversidad. Diversidad en dos sentidos. Por una parte, respecto al uso del suelo, en el sentido de que hay un equilibrio entre el suelo residencial y el no residencial. Y por otra parte, hablamos de una diversidad social, en la que convivan personas de distinto poder adquisitivo, distintas etnias, distintos estudios, etc.

La movilidad

La movilidad supone uno de los principales problemas de las ciudades modernas, y no nos referimos solo a los problemas generados por el tráfico, sino también por el impacto ambiental y social que el transporte motorizado tiene en la calidad de vida de las personas. En este sentido, todas las actuaciones para crear ciudades más sostenibles y amables pasan por dos objetivos complementarios pero simultáneos como son la disminución del uso del automóvil privado y el fomento de los transportes públicos y no motorizados. Además, mientras se trabaja en esta dirección también se trabaja peatonalizando las calles y plazas centrales para devolverle la ciudad a los peatones.

La energía y los recursos

Las ciudades amables también tienen una parte de ciudades verdes, espacios con una gran planificación urbana y una eco-arquitectura con gran inversión en tecnología que facilita la vida de las personas, con espacios verdes en los edificios y con industrias de circuito cerrado que no producen desechos. En los países en desarrollo, además, esta idea de ciudades verdes tiene una dimensión mayor pues implica, un concepto de ciudad que garantice los alimentos, el trabajo y unos ingresos mínimos para los ciudadanos. En este sentido, se hace necesario incluir la planificación urbana en la agenda política y desarrollar distintos programas de promoción de agricultura urbana.

Pero, además, se trata de implantar políticas públicas y tecnología que fomenten la reducción de un 30 a un 50% del consumo de energía actual. Los edificios también deben contar con instalaciones de clasificación de residuos y con dispositivos de ahorro y reciclado de agua. También se debe estudiar la reducción de la contaminación acústica y lumínica.

Estocolmo, ejemplo de sostenibilidad urbana


Foto de Pixabay

 

Como hemos visto, la ciudad sostenible del siglo XXI se concibe como una ciudad en la que la sociedad, la economía, la cultura y los espacios verdes conviven e interaccionan para construir una experiencia urbana sostenible. Hay muchos ejemplos de ciudades que han conseguido o están consiguiendo esta combinación: Sydney (Australia), Queenstown (Nueva Zelanda), Kyoto (Japón) o Reykjavic (Islandia) son ejemplos de ciudades verdes y sostenibles.

Nosotros queremos destacar Estocolmo, la capital de Suecia. Una ciudad que siempre aparece en los listados de gestión medioambiental, gracias a su inversión en infraestructuras sostenibles, bajas emisiones y buena calidad del aire, y en la que sus residentes conviven en armonía con el planeta, la naturaleza y los animales.

Pero, además, Estocolmo ha sabido equilibrar sus estándares ambientales a un desarrollo económico potente que hace que sus ciudadanos gocen de una de las mejores calidades de vida del mundo.

Hay varios hitos de Estocolmo que la han convertido desde hace tiempo en uno de los referentes mundiales en sostenibilidad urbana:

  • Se convirtió en la primera ciudad galardonada por la Comisión Europea con el premio Capital Verde Europea.
  • Es referente en la gestión de aguas y residuos. La ciudad recupera el 73,5% de los residuos producidos por los hogares para el sistema de calefacción colectivo, otro 25% se recicla y el 1,5% restante se trata biológicamente.
  • Todos los residuos alimenticios se reciclan y se convierten en fertilizantes o biogás.
  • Hay 110 estaciones de puntos limpios móviles en la ciudad para recoger los residuos peligrosos.
  • La ciudad está llena de espacios verdes y organizaciones vecinales que promueven la colectividad, especialmente para apoyar a las personas con hijos.
  • Casi toda la ciudad está cubierta con carril bici y un sistema idóneo de alquiler de bici local que lo potencia.

En definitiva, Estocolmo es una ciudad que invita a sus ciudadanos a vivir en sus calles y en sus parques, a compartir la vida con sus vecinos y a respetar y cuidar la ciudad y todos sus elementos. ¿Cómo es tu ciudad? ¿Cómo crees que podría ser más sostenible?

Escrito por Natalia Muro
Foto portada de Pixabay

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