Slow food

5 octubre 2020

Comer puede ser una actividad básica y cotidiana, algo natural y sencillo, que a la vez que nos alimenta, también nos proporciona placer y alegría. Comer es algo más que alimentarse o subsistir, es algo más que una dieta que hacemos para adelgazar, comer bien es una filosofía de vida, y es en cierta medida, la norma básica de la que parte el Slow Food, un movimiento que nació en Roma en 1986, para plantarle cara al Fast Food.

Una vuelta a lo sencillo. Valorar lo que tenemos


Foto de Pixabay

No es casualidad que el origen del Slow Food tuviese lugar en Italia, un país con una gastronomía muy rica, reflejo de la variedad cultural de un territorio con varios siglos de historia. Un grupo de periodistas romanos reaccionaron ante la tristeza que les producía ver que en su ciudad había más restaurantes americanos y franquicias de comida rápida que tabernas locales donde comer productos autóctonos y alargar la sobremesa con una buena conversación.

Y es que el Slow Food es un movimiento que defiende la vuelta a la comida tradicional, con productos de mercado, degustando los sabores de las cosas, sin prisa y con los cinco sentidos. El movimiento, reconocido por la FAO en el año 2004, se sustenta en tres pilares:

  • Alimentos buenos (en cuanto a propiedades, vitaminas, etc) ricos, sabrosos;
  • Alimentos limpios, es decir, libres de agentes químicos y pesticidas;
  • Alimentos justos, por los cuales, los productores reciben una remuneración justa.

 

Gastronomía del siglo XXI: hacia la sostenibilidad (salud, medioambiente, reducir los desperdicios…)


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La inmediatez que impera en la vida cotidiana, hace que a veces perdamos la conciencia de lo realmente importante como son los buenos hábitos alimenticios. Lo que hace años era concebido como uno de los mayores placeres ahora, en un mundo acelerado, es visto como un mero trámite. Esto ocurre con la comida y con muchos otros aspectos de nuestras vidas como el turismo, la moda o la cultura. Todo es efímero, de usar y tirar. Por eso, resulta esperanzador, que en medio de este estilo de vida haya cabida para este tipo de iniciativas, y que gran parte de la población comience a abrazarlas de forma consciente y manifiesta.

Frente al Fast Food, surge otro tipo de tendencia alimentaria más respetuosa y sostenible y relacionada con otros aspectos de la vida, que nos ayudan a ser parte, de forma responsable y colectiva, sobre la forma en la que los alimentos se cultivan, se producen y se distribuyen, y sobre cómo esto incide en un mundo mejor a nivel global.

  • Aspectos sanitarios del Slow Food

Desde hace muchos años, hay evidencias científicas de que las formas de producir y consumir actuales tienen serias consecuencias para nuestra salud. La industrialización de los alimentos, los pesticidas en los cultivos, los abonos químicos y los conservantes en la mayoría de la comida están relacionados con el cáncer, la enfermedad de Parkinson y problemas de esterilidad por mencionar solo tres. Se hace por lo tanto necesario, tomar conciencia de esto, y tratar de revertir el problema. En este sentido, son las administraciones públicas y los gobiernos los que tienen que regular las normativas sobre agricultura y alimentación, y penalizar los abusos.

  • Aspectos socioeconómicos

El movimiento Slow Food trabaja para promover sistemas alimentarios y agrícolas más inclusivos a nivel local y fortalecer las redes de agricultores y productores autóctonos de una región. Se trata de que estos productores a pequeña escala puedan competir con los grandes distribuidores internacionales. Los consumidores están tomando conciencia poco a poco de la relevancia que tiene comprar en negocios de proximidad o productos autóctonos; en realidad, es una oportunidad de mejorar el entorno en el que vivimos.

  • Aspectos medioambientales

Aunque el movimiento Slow Food nació más con inquietudes gastronómicas, en defensa de la buena mesa, con el paso de los años se ha ido acercando más a cuestiones medioambientales. El enorme impacto de la población mundial a la hora de alimentarse es uno de los grandes retos medioambientales. En este sentido, la FAO trabaja en distintos proyectos con el movimiento Slow Food en materia de cultivos, de degradación de la tierra, de generación de residuos o de pérdida de biodiversidad. La industria alimentaria mundial tiene que caminar hacia la sostenibilidad (medioambiental, social y económica).

  • Aspectos culturales

Pero lejos de las consecuencias económicas, sanitarias y medioambientales que hemos visto, lo cierto es que el movimiento Slow Food pone de manifiesto que otro tipo de consumo es posible. Debemos cambiar el enfoque de comer para vivir por una idea que acerque a la comida como la actividad placentera que siempre fue. Debemos recuperar el gusto por los sabores distintos e intensos, por las recetas de siempre, hechas a fuego lento en torno a una cocina y una buena conversación y no un robot que tan sólo mezcla ingredientes. El Slow Food no trata de proteger tan sólo los alimentos, la forma de producirlos o los restaurantes que luego los sirven, se trata de proteger también la cultura de la mesa y todo lo que esto conlleva.

En España, como en otros muchos países, existen un sinfín de restaurantes que se han unido al movimiento Slow Food, que reúnen todos los aspectos que hemos mencionado. Puedes consultar el listado aquí.

 

Formación en nutrición en los centros educativos


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La evidencia de que hay un incremento de hábitos alimentarios inadecuados en la sociedad actual ha llevado a valorar a las distintas instituciones sanitarias y de nutricionistas que los centros educativos tienen que ser un pilar básico en la formación teórica y práctica de hábitos alimenticios saludables.

El aula es el espacio ideal – además de las propias familias – para que los niños y los jóvenes adquieran unos conocimientos y hábitos nutricionales básicos desde temprana edad. Los comedores escolares también deben ser espacios ejemplares en este sentido, pues son el referente de comida de muchos niños durante la mayor parte del año.

Pero el movimiento Slow Food quiere ir un paso más allá en la formación nutricional de los niños y adolescentes promoviendo la educación del sentido del gusto con dietas variadas, la creación de huertos ecológicos o creando conciencia sobre la cadena alimenticia, los nutrientes de cada producto o los efectos perniciosos de los alimentos transgénicos entre otros muchos aspectos.

Escrito por Natalia Muro
Foto portada de Pixabay

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